He visto mucho en la consulta y en redes sociales que el término «narcisismo» se ha popularizado de tal manera que corre el riesgo de ser banalizado, con frecuencia utilizamos este término para desacreditar a las personas o para etiquetar ciertos comportamientos siento que se corre el riesgo de vaciarlo de sentido. Pero desde una perspectiva clínica con una intención de análisis profundo, el narcisismo perverso no es un simple rasgo de vanidad, sino una estructura compleja de supervivencia que impacta de forma devastadora en el entorno de quien lo padece.
Es fundamental distinguir entre el «narcisismo necesario» para la constitución del sujeto y su vertiente patológica, es decir una autoimagen que reconozca las cosas buenas que nos caracterizan. Esto que se podrí llamar como “narcisismo sano” que es una energía que permite la valoración propia y la construcción de la identidad. Sin embargo, en la personalidad antisocial o psicopática existe un dominio del «Ello» infantil y del principio del placer, lo que lleva al sujeto a actuar únicamente en beneficio propio a corto plazo, sin medir consecuencias ni sentir remordimiento por el daño ocasionado. La perversión narcisista se manifiesta como una reacción defensiva ante amenazas internas de aniquilación. Este funcionamiento puede pasar desapercibido durante largos periodos vitales, activándose principalmente ante situaciones de duelo o pérdida que hacen emerger angustias profundas de «no ser».
El perverso narcisista habita una arquitectura de espejos donde solo se refleja su propia e inflexible grandiosidad, una estructura de supervivencia erigida sobre el vacío de un «no ser» que le aterra confesar. En este escenario, el otro no es un interlocutor, sino un objeto de uso, una pieza de utilería que debe amoldarse a su guion bajo la presión de una «empatía maligna» que no busca comprender el dolor, sino cartografiar las debilidades ajenas para colonizar la mente de su presa. Es un experto en la defensa aloplástica, ese mecanismo casi alquímico con el que transmuta sus propias faltas en culpas ajenas, obligando a quienes le rodean a cargar con el peso de una responsabilidad que no les pertenece, mientras él se mantiene sereno tras una máscara de absoluta y gélida corrección.
Su danza es la de la paradoja y el desdoblamiento: una mano acaricia con un encanto superficial y la otra siembra consignas contradictorias que asfixian la razón de quien intenta descifrarle. En la literatura especializada se advierte que este sujeto es un hábil simulador de la conciencia moral, capaz de fingir un arrepentimiento tan vívido que puede obnubilar incluso al observador más prevenido, aunque en su interior solo rime el Ello infantil con un deseo que no conoce límites ni remordimientos. Al final, convivir con él es entrar en una antianalítica del alma donde la realidad se versiona a conveniencia del depredador, dejando a la presa atrapada en un laberinto de espejismos donde su propia identidad comienza a desvanecerse en el silencio de lo no dicho.
El término «presa» resulta más preciso que el de «víctima». Quien cae en este sistema suele ser una persona sensible y generosa que queda atrapada en un ciclo de seducción y destrucción. El perverso utiliza el gaslighting para hacer creer a su presa que ha perdido la razón, llevándola a dudar de su propia salud mental.
Este proceso es lo que algunos autores denominan un «asesinato psíquico». La presa se ve sometida a paradojas: consignas contradictorias que, sin importar la respuesta, siempre la colocan en falta. El objetivo es despersonalizar al otro para que el perverso pueda proyectar en él su propia vulnerabilidad rechazada.
El abordaje clínico de estos pacientes es uno de los mayores retos para la salud mental. Existe un debate constante sobre si estos cuadros son tratables en el sentido clásico de la cura. Algunos autores muestran un escepticismo absoluto respecto a la psicoterapia individual, dado que estos pacientes carecen de capacidad de introspección. No obstante, se han propuesto lineamientos técnicos específicos. En lugar de buscar una alianza basada en la empatía —que el perverso suele utilizar para manipular el tratamiento—, el analista debe adoptar una posición de «abstinencia extrema» e indiferencia frente a los intentos de provocación o seducción del paciente.
El narcisismo perverso es una «fortaleza» que busca ser inexpugnable. Comprender este mecanismo, creo yo, no tiene como fin únicamente el diagnóstico del perverso, sino la protección y recuperación de quienes conviven con él. La sanación para la presa comienza con el ejercicio del pensamiento crítico y la recuperación de la autonomía emocional, reconociendo que el vínculo propuesto por el perverso no es amor, sino una instrumentalización del otro.
