Cortázar, el hilo de la memoria y la lectura como espejo terapéutico

Una de las cosas que más disfruto de la vida es sentarme a leer y si mi lectura se acompaña de una copa de vino mejor. Desde mis años de formación como médico y terapeuta la lectura me ha acompañado en muy distintos niveles. En la experiencia en el consultorio, y con la vida en general, me he dado cuenta que muchas veces abrir un libro no es solo un acto de goce estético y disfrute literario, sino que también representa un ejercicio de supervivencia emocional. Muchas veces esa lectura se tensa como el hilo que nos guía a través de nuestras propias sombras. Hoy quiero invitarte a explorar un puente fascinante entre la palabra escrita y la sanación.

El poder de «leernos» en otros no es simplemente leer para distraerse; es utilizar la fuerza de las historias para dar nombre a lo que nos duele, para rectificar una realidad que nos resulta insatisfactoria y encontrar una catarsis en el papel. Como bien decía Freud, el arte permite que los instintos insatisfechos se transformen en algo luminoso. En la literatura latinoamericana, y específicamente en el universo literario de Julio Cortázar, este ejercicio alcanza una dimensión casi mágica. Cortázar no solo escribía cuentos y novelas maravillosas; con su escritura exorcizaba sus propios demonios y nos brinda la posibilidad de dar forma a nuestros síntomas.

Evoco con cariño al libro de Cronopios y Famas en el que Cortázar nos presenta dos “personalidades” que representan el mundo de forma distinta. Pero no es solo un juego literario, esta clasificación, que Cortázar presenta casi como un criptograma, tiene raíces profundas en la psicología de la personalidad. Los Famas representan ese lado adaptado, práctico y a veces rígido que todos llevamos dentro, ese que busca el éxito en los convencionalismos sociales. Los Cronopios son la voz de nuestra integridad, lo espontáneo, aquello que resiste a las imposiciones y defiende su «fórmula de vida». Con ello representaba las dos tensiones de la existencia, el cumplimiento de la norma y el libre desarrollo de la subjetividad. Cuando estas fuerzas chocan pueden darse algunos problemas.

Cortázar confesaba que muchos de sus relatos, como el angustiante Circe o el laberíntico Casa Tomada, nacieron de pesadillas reales que necesitaba «sacarse de encima». Al escribir, él transformaba sus pesadillas en belleza; al leerlo, nosotros podemos identificar nuestros propios «perseguidores» internos. En El Perseguidor, por ejemplo, vemos ese eterno duelo entre Johnny (nuestro Ello, el instinto puro y creador) y Bruno (nuestro Super-yo, la voz de la razón y el orden). ¿Cuántas veces no nos hemos sentido fragmentados entre lo que deseamos y lo que «debemos» ser?

Se habla de la literatura como recurso terapéutico, a este recurso algunos autores la llaman biblioterapia. Este recurso nos invita a pensar que los libros son como pararrayos de la vida. Leer a Cortázar es una invitación a mirar nuestro reflejo en el espejo de sus personajes, a validar nuestra «astenia» o nuestra euforia, y a entender que el desorden emocional también puede ser la semilla de una nueva cosmovisión.

Si hoy sientes que el laberinto está un poco oscuro, te invito a tomar un libro. Quizás en un cuento de cronopios encuentres la palabra fetiche que te ayude a exorcizar tus propios miedos.

¿Y tú? ¿Qué libro ha sido ese hilo de Ariadna que te ha ayudado a sanar en tus momentos de oscuridad? Te leo en los comentarios.