Dicen que el amor tiene algo de enigma, como esos viejos laberintos de la mitología, donde uno puede perderse entre espejismos y pasillos infinitos. A veces, las parejas llegan a consulta cargando ese mismo desconcierto: se miran, se buscan, pero no logran encontrarse. La relación se ha vuelto un lugar desconocido, casi como un eco del laberinto de Creta, en donde lo que alguna vez fue ternura ahora parece acechado por un monstruo sin rostro: la incomprensión, el resentimiento, el dolor acumulado.
He aprendido que acompañar a una pareja no es ofrecerles atajos ni soluciones rápidas. Es, más bien, ayudarlos a encontrar su propio hilo. Como Ariadna en la leyenda, la función de quien acompaña no es recorrer el laberinto por ellos, sino recordarles que pueden hilar su propio camino de salida. Y a veces ese hilo es tan fino y frágil como una primera palabra honesta, como un silencio compartido sin juicio, como el gesto humilde de reconocer lo que cada uno ha dejado de ver.
El sufrimiento que traen las parejas suele vestirse de reproches cotidianos: las tareas no compartidas, la falta de tiempo, la intimidad extraviada. Pero detrás de todo eso, casi siempre hay algo más profundo: el temor a no ser vistos, a no ser amados en la verdad de lo que uno es. Cada pareja, cada historia, trae su propio minotauro escondido.
Mi tarea es escuchar con atención lo que no se dice. A veces, basta una pregunta sencilla, casi inocente, para que empiece a desenredarse el nudo:
¿Cuándo fue la última vez que se miraron con ternura?
¿Qué están intentando proteger con tanta defensa?
No se trata de volver a la “pareja ideal”, esa figura lejana y perfecta que tantos persiguen sin descanso. Se trata de que cada uno pueda tomar el hilo entre sus dedos y atreverse a recorrer, juntos o separados, el camino hacia lo más íntimo de su propia verdad.
La experiencia me ha mostrado que el proceso no siempre lleva al mismo lugar. Hay quienes descubren que aún hay un fuego compartido que merece ser alimentado. Otros, en cambio, reconocen que su ciclo como pareja ha terminado, y encuentran dignidad en el adiós consciente, en la despedida que honra lo vivido.
Y eso también es valentía: saber cuándo es momento de soltar el hilo.
Acompañar a las parejas es, al final, acompañarlas a recordar que amar no es perderse en el otro, sino caminar juntos hacia sí mismos, con la libertad de elegir qué hacer con lo que descubren en el trayecto.
Porque al final, todo acto de amor genuino empieza —y termina— en el arte de saber encontrarse.
