A veces, cuando el ruido del día se apaga y me quedo a solas con el silencio, siento un ritmo antiguo que me habita. No es solo el corazón bombeando o el aire entrando y saliendo; es algo más profundo, una marea que me empuja y me retrae constantemente.
Llevo días pensando en esas dos fuerzas que la tradición filosófica los nombra como dos de dioses la antigua Grecia, pero que también siento como partes de nuestra biología.
Por un lado, está ese empuje inagotable. Esa fuerza que me hace despertar con una idea nueva, que nos lleva a buscar la mirada del otro, a construir puentes donde antes había abismos. Es la pulsión de vida, ese Eros que no es solo deseo, sino conexión. Lo veo en la forma en que una neurona busca desesperadamente a otra para crear un recuerdo, o en cómo, a pesar del dolor, volvemos a intentar amar. Es el «sí» rotundo de la biología, la química de la esperanza.
Pero hay otra fuerza, más discreta, a menudo malentendida. Es esa voz suave que nos pide detenernos. No es oscuridad ni maldad, aunque a veces nos asuste mirarla a la cara. Es Tánatos. Es el deseo de volver a la calma, de reducir la tensión a cero. Es la sabiduría del invierno que sabe que las hojas deben caer para que el suelo recupere nutrientes.
Vivimos en un mundo que se engolosina con Eros y le rehúye a Tánatos. Nos hemos convencido de que la salud es estar siempre en expansión, siempre produciendo, siempre sintiendo intensamente. Y, sin embargo, pienso en lo agotador que sería un universo en permanente explosión.
Si escucho al cuerpo —ese mapa honesto que a veces ignoramos por vivir demasiado en la cabeza— me doy cuenta de que necesitamos de ambos. La vida no es una línea recta ascendente; es una danza.
Necesitamos el impulso de crear, sí. Pero también necesitamos la «pequeña muerte» del sueño cada noche para que nuestro cerebro se restaure. Necesitamos el olvido para poder aprender cosas nuevas (porque recordar todo sería una condena, como lo escribió Borges en su famoso cuento Funes el memorioso). Necesitamos soltar relaciones, etapas o versiones antiguas de nosotros mismos para dejar espacio a lo que viene.
A menudo veo que el sufrimiento no nace de estas fuerzas, sino de nuestra pelea con ellas. Sufrimos cuando nos aferramos a una vida que ya cambió, negándonos a soltar. O sufrimos cuando nos dejamos arrastrar por la inercia del abandono, olvidando que todavía tenemos fuego dentro para encender algo nuevo. Es importante entender que somos, al mismo tiempo, el impulso de llegar y la paz de detenerse.
Hoy me pregunto, y te lo pregunto a ti en este diálogo asincrónico del ciberespacio: ¿En qué parte del ciclo estás? ¿Es momento de inhalar, expandirte y crear, o es momento de exhalar, confiar en el vacío y contemplar?
Ambos movimientos son vida. Ambos son necesarios para seguir tejiendo la historia.
